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La Biblioteca Pública Universitaria,

un espacio para todos

En la esquina de la avenida Damián Carmona y la calle Mariano Arista existe un edificio que muchas personas confunden con una iglesia e incluso se santiguan al pasar frente a él. Quizá esa confusión se deba al estilo arquitectónico del inmueble, mismo que emula a las construcciones del Renacimiento.

 

En realidad, ese recinto que posee un vitral con el águila imperial, además de un águila del escudo nacional en el imafronte de cantera, es uno de los espacios más importantes para la difusión de la cultura y el conocimiento: se trata de la Biblioteca Pública Universitaria.

 

Los antecedentes de la biblioteca se remontan a 1877, cuando el Instituto Científico y Literario destinó un espacio dentro del ahora Edificio Central para resguardar un acervo de dos mil volúmenes, la mayoría de ellos, archivos conventuales.

 

Un año después, el gobernador Carlos Diez Gutiérrez mandó traer libros europeos y la biblioteca se convirtió en un espacio público.

 

Durante la Revolución Mexicana, el acervo debió ser resguardado en varios sitios, para evitar su destrucción.

 

En el año de 1922, el entonces gobernador Rafael Nieto ordenó demoler un cuartel situado en Damián Carmona y Arista para construir ahí una biblioteca pública, misma que sería dirigida por una junta presidida por el director del Instituto Científico y Literario, Juan H. Sánchez.

 

Debido a la falta de recursos, la obra quedó inconclusa y en 1930 la Cámara de Comercio planteó al gobernador Saturnino Cedillo concluir la construcción a cambio de encargarse del usufructo del espacio.

 

Durante un tiempo, la biblioteca se ubicó en el espacio que ahora ocupa la Librería Universitaria, sobre la calle Álvaro Obregón.

 

En 1954, el rector Manuel Nava recuperó el edificio de Damián Carmona para sus fines originales y décadas después, en 2005 se decidió que la planta alta fuera ocupada por el acervo general, mientras que en la planta baja se ubicaría el Centro de Documentación Histórica “Lic. Rafael Montejano y Aguiñaga, donde se resguardan libros y documentos que forman parte del patrimonio cultural del Estado.

 

Miles de personas acuden año con año a la biblioteca, no solo integrantes de la comunidad universitaria, también estudiantes de preparatoria y público en general que obtiene su membresía, con la que es posible acceder a la amplia colección de libros que van desde literatura e historia, hasta física, química y muchas otras áreas del conocimiento.